domingo, 1 de abril de 2018

La inteligencia artificial


¿Se prodran crear máquinas verdaderamente inteligentes?

El robot Sophia, durante una feria de innovación en Katmandú (Nepal). La inteligencia artificial, aún emitiendo sus primeros balbuceos, ya nos acompaña en muchas de nuestras actividades. Ha aprendido con nuestra ayuda a reconocer voces, huellas, o simplemente, patrones, allá donde los haya. Nos ofrece las nuevas e infinitas posibilidades que el universo computacional puede brindarnos: predicción meteorológica, sistemas que aprenden de nuestros gustos para hacernos recomendaciones, o traducción automática y en tiempo real entre idiomas.
El término inteligencia artificial se acuñó hace poco más de 60 años. Los albores de esta tecnología estaban plagados de optimismo: se pensó que si los ordenadores eran capaces de demostrar ciertos teoremas matemáticos o de jugar al ajedrez al nivel de los grandes maestros, ¿por qué no podrían resolver con facilidad tareas que consideramos automáticas, como reconocer caras u objetos? Las primeras predicciones apuntaban a que seríamos capaces de crear máquinas inteligentes a nuestro nivel en cuestión de unos pocos años. Evidentemente, estas predicciones se equivocaban. Después de millones invertidos, la inteligencia artificial cayó casi en el olvido durante un período de tiempo.

Por qué no hay que tener miedo de la inteligencia artificialUn ejemplo son las llamadas redes neuronales artificiales, que imitan la disposición y el entrenamiento de las redes neuronales presentes en nuestro cerebro. Se trata de unidades de procesamiento simples, conectadas y que aprenden de impulsos. En los inicios, estas redes eran relativamente simples, tomando unos datos de entrada y usando una capa de procesamiento para producir una salida. Sin embargo, el área conocida ahora como aprendizaje profundo estudia cómo entrenar redes con múltiples capas conectadas, proporcionando modelos más parecidos a nuestro cerebro. Otra de las áreas con gran potencial es el conocido aprendizaje por refuerzo, en el cual las máquinas aprenden del entorno mediante un sistema de recompensa a sus acciones, sin necesitar constante supervisión, algo más parecido al aprendizaje al que nos sometemos desde la infancia.

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